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25 Marzo 2021

Julia Dorado: "La creación artística es un proceso que consta de dos facetas: acción y reflexión"

Oculta -cosas de la pandemia- tras una mascarilla y a apenas cinco meses de cumplir ochenta años, los ojos, pequeños y brillantes, de Julia Dorado (Zaragoza, 1 de septiembre de 1941) no engañan a quienes los miran; tiene una mirada inquieta, una mirada de mujer vivaz que todo lo absorbe, lo estudia, lo analiza. Una mirada crítica pero a la vez sincera, que se traduce en un discurso, el suyo, impregnado por un prisma y un carácter únicos, de mujer fuerte a la que no le tiembla el pulso, ni la voz, para decir las cosas claras. Con más de sesenta años de prolífica carrera a sus espaldas, conocida y reconocida a partes iguales, Julia Dorado estuvo ayer en nuestra localidad en la inauguración de la muestra “El tiempo y el espejo”, una cuidada selección de sus obras que podrá admirarse en el Centro Cultural Mariano Mesonada hasta el próximo 9 de mayo y entre las cuales se incluyen las dos obras que la artista aragonesa ha donado al consistorio utebero para integrar su fondo pictórico, “Como de la noche al día” y “Exterior”. Con motivo de su visita, mantuvimos una pequeña conversación con este tótem cultural aragonés que tan buena, y tan dilatada en el tiempo, relación tiene con nuestro municipio.

 - Usted lleva más de sesenta años dedicada a la pintura en cuerpo y alma, y esta primera pregunta se hace casi obligatoria: pintar… ¿por qué?

 - Pues por eliminación. Básicamente. No sería verdad decir que la pintura me eligió a mí, pero tampoco lo sería decir que la elegí yo a ella. Fue una especie de eliminación, realmente, porque en realidad lo que a mí me gustaba de jovencita era ser bailarina de ballet, pero en mi casa se me negó la posibilidad de ir a la academia de María de Ávila, que por aquel entonces, cuando yo tenía diez o doce años, era un centro de referencia. Mi padre, sobre todo, no entendía el porqué de mi comportamiento, y un día un conocido de mi padre le planteó que por qué no probaba con el dibujo. Recuerdo que me puso delante un dibujo y una selección de acuarelas y pinceles, y me dijo: “cópialo”. Y me salió una copia exacta. Una copia impresionante.

  - Eso es tener un don para la pintura…

 - Yo no lo entendía así. Más bien pienso que se trató de habilidad. El don es lo que se traduce, una vez te enfrentas a un lienzo en blanco, en creatividad. El oficio, por contra se aprende. Es cuestión de técnica, de habilidad. Y yo tenía habilidad. Eso estaba claro.

  - Y entonces su vida se encaminó hacia la pintura.

 - Eso es. Me matricularon en la Escuela de Artes y Oficios, y allí adquirí las destrezas necesarias que luego iría trabajando, desarrollando y perfeccionando con los años.

 - Muy bien. Y ahora que nos ha explicado por qué pinta, permítame que le pregunta para qué lo hace.

 - (reflexiona unos segundos) Pues mira, he de decirte que esa pregunta es muy complicada de responder; y lo es porque, en la vida de cualquier artista, hay momentos altos y bajos, momentos de creatividad y momentos de sequía creativa, y yo, desde que empezó la pandemia, llevo un año difícil, un año en el que apenas pinto nada; al revés, es un año en el que lo único que hago es destruir obra propia.

 - ¿A qué se refiere?

 - Yo entiendo la creación pictórica como un proceso que consta de dos facetas, acción y reflexión. En la primera, la de la acción, vas de subida, te enfrentas al lienzo, al color, a la mancha, y trabajas, pintas, creas. Pero luego llega la acción de la reflexión; asentar la obra, dejar que transcurra el tiempo, volverla a mirar, con ojos no críticos pero sí diferentes, unos ojos que igual miran las cosas de otra manera, que entienden los trazos de otra forma, y entonces analizas lo que has hecho y a veces optas por destruir. Pero destruir no es algo malo. Destruir también es pintar. Solo que de otra forma, sin duda.

 - ¿Es como si hubiese dos Julia Dorado enfrentándose a los cuadros que pinta?

 - No, solo hay una; pero es una persona que tiene dos facetas muy bien segmentadas: una apasionada, visceral, y otra racional. Es una forma de trabajar que llevo desarrollando muchos años, y ese cribado me parece lógico, natural y, sobre todo, consecuente conmigo misma.

 - Como artista aragonesa y con más de seis décadas volcadas en la creación artística, ¿cree que en su tierra se le ha reconocido, o se le reconoce, todo lo que debiera?

 - La respuesta es sencilla y corta: no. Pero no hablo solo de mí, de mi caso concreto, sino que hablo en general; ya se sabe, uno nunca es profeta en su tierra. Pero aún voy más lejos y añado: si eres mujer, aún se te reconoce menos. Labordeta dejó escrito que Zaragoza es una madrastra terrible, y en cierto modo así es. El problema, no obstante, va más allá, y es que en cierto modo Aragón tiene todavía cierto carácter provinciano, por decirlo de alguna manera, a la hora de entender, y de enfrentarse, al arte. Y en el caso de las mujeres, además, pues hay otro detalle añadido, y es el hecho de que históricamente, sobre todo por parte de algunos críticos de la segunda mitad del siglo XX, se nos ha encajado siempre en conceptos como “pintura femenina” y se nos ha asociado con algunos tipos de pintura, como si solo pintásemos florecitas, y eso no es así.

- ¿Usted ha sufrido durante su carrera este tipo de situaciones?

 - Claro, pero son cosas que solo las he comprendido con los años. Mira, en 1963 yo integré el grupo Zaragoza; era la única mujer del grupo, la más joven de todos cuantos lo formábamos, y además pintaba abstracción, lo cual tampoco era demasiado común. En aquellos años entendía como un honor, un privilegio, y una buena oportunidad, el hecho de formar parte de ese grupo, y sin duda lo era, pero con el paso de los años me di cuenta de que muchas veces se me hizo de menos, se me trató como una chiquilla, o se me dio menos peso en las exposiciones… que no se abordó, ni se consideró, mi trabajo en igualdad de condiciones que el de mis compañeros varones. Era una especie de misoginia velada la que entonces existía.

 - ¿Y hoy en día?

 - Bueno, hoy en día sigue habiendo actitudes que no me parecen nada justas. Te pondré dos ejemplos: el primero, que a día de hoy hay muy pocos coleccionistas o instituciones que compren a mujeres; y el segundo, y aunque me tenga que remontar veinte años atrás, en Aragón se editó, en torno al año 2000, un libro de pintura aragonesa desde Goya. En ese volumen se destacaban cincuenta pintores. ¿Sabes cuántas mujeres había? Una. Que no era yo, por cierto. En definitiva, una mujer y cuarenta y nueve hombres. Alguno de los cuales, desde un punto de vista academicista, no merecía estar en esa nómina por delante de muchas mujeres que estaban, y están, haciendo cosas formidables en Aragón.

 - No podemos terminar esta entrevista sin hacerle una pregunta obligada: Utebo. ¿Por qué?

 - Pues por amistad. Por implicación. Por afecto. Mi relación con Utebo se remonta a muchos años atrás; yo era amiga personal del pintor Vicente Pascual, quien con su hermano Ángel montaron la Hermandad Pictórica Aragonesa allá por los años setenta del siglo pasado y hacían cosas muy interesantes de pop-art. Vicente tuvo una juventud muy frenética y un buen día se lanzó, con una mochila, a recorrer mundo. Estuvo en la India, en Estados Unidos… y mientras, yo seguí con mi vida, y mi creación artística, hasta que un día, pasados muchos años, allá por mediados de la primera década de los 2000, recibí, con una inmensa alegría, una llamada telefónica: era él. Me dijo que había vuelto y que se había instalado en un pueblo de Zaragoza que se llamaba Utebo. Que tenía unas instalaciones culturales sensacionales, un museo precioso, el Centro Cultural Mariano Mesonada, y que por qué no exponía en él. En aquel entonces, yo estaba inmersa en una exposición itinerante de la DGA que recorría diez museos, y se consiguió que mi obra, y mi exposición, llegasen a Utebo. Pero es que, además, el consistorio compró uno de mis cuadros, y aquello me llenó de alegría. Para los artistas, que te compren un cuadro, y que este pase a formar parte de un fondo pictórico que habrá de perdurar, y trascender, es todo un motivo de orgullo. Y es por eso por lo que ahora he decidido donar dos de mis obras al Ayuntamiento. Porque le tengo un gran cariño a Utebo y siempre he guardado un recuerdo muy bueno de aquella exposición y de aquel momento. Y ese sentimiento, el de gratitud, es el que me ha movido a donar esos dos cuadros al consistorio.

 

 

 

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